En Australia con el gran Miguel Ángel

 
El Comercio peru.com
Abril 21 del 2008


 

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Miguel Ángel y nuestro amigo coreano Jude

Hace algún tiempo pisé suelo australiano pensando - como muchos peruanos- en poder mejorar el futuro de mi familia. A mis 27 años, llegué a Australia con el objetivo de estudiar y trabajar para conseguir un poco de dinero para que mi esposa y mi hijo de 4 años puedan venir.

Debo decirles que a soledad en este país te mata y si no hablas inglés es muy difícil poder comunicarte con los ozzies. Sin embargo, después de unos cuántos meses peleando con esa horrible sensación conocí a una gran persona y mejor amigo llamado Miguel Ángel, un peruano de 17 años natural de Huamachuco (La Libertad). Es de él de quien quiero escribir.
 

Cuando conocí a Miguel Ángel, lucía como un niño desorientado que no creía que estaba en Australia. Al preguntarle cómo había llegado hasta aquí me contó una fascinante historia.

Miguel Ángel proviene de una familia muy humilde. Después de terminar el colegio se dedicó a ayudar a su madre vendiendo caramelos en las calles, lustrando zapatos, trabajando por poco dinero en las minas y repartiendo periódicos. Su último trabajo antes de viajar fue de cobrador en un bus que hace la ruta Angamos - Callao.

Su madre trabajaba lavando ropa de vez en cuando y así tuvo la oportunidad de conocer a unas personas que hicieron posible que tanto Miguel como sus hermanas pudieran salir al extranjero. A las hermanas de Miguel las enviaron a Italia, y al ver que a ellas les fue bien porque siempre fueron trabajadoras, decidieron enviar a Miguel a Australia pensando que le iba a ir bien. Sin embargo, no contaron con que en Australia, si no hablas inglés, se te va a hacer muy difícil encontrar trabajo, y peor aún cuando eres menor de edad.

La desgracia de no hablar inglés

En el Perú, Miguel solo había viajado Trujillo a Lima, así que el estar en una ciudad muy grande como la de Brisbane le ha traído muchos problemas. Quiero que se imaginen a una persona que nunca en su vida había escuchado a una persona hablar inglés y que ahora viva diariamente con eso, es simplemente frustrante.

En más de una oportunidad recibí llamadas telefónicas de Miguel en la madrugada, diciéndome que no había podido llegar a su casa por bus, que se había bajado en un paradero diferente y que nadie lo podía ayudar porque no se podía comunicar y que por favor lo vaya a recoger.

Antes de que Miguel se mudara a vivir conmigo, estuvo viviendo con una señora australiana de 84 años. Estaban solos y sin comunicación entre ellos, viviendo una verdadera pesadilla. Fueron más de 30 las llamadas que recibí de la señora quejándose de que Miguel le hablaba todo el tiempo en español y que no podía vivir más con él. La señora me rogaba que lo sacara de la casa para que viviera conmigo. Era muy gracioso escuchar a Miguel hablando con la señora, siempre le decía Hi me no tomar leche hoy me comer otra cosa.


Viviendo juntos

Mudarme con Miguel fue una gran experiencia. Como soy mayor que él, siempre trato de darle consejos y de decirle qué es lo que está bien o mal, pero todo adolescente quiere vivir su etapa de la vida y eso pasa con Miguel.

En todo este tiempo se ha convertido en mi gran compañero. Siempre me acompaña a todas partes y hemos caminados muchos kilometras juntos tratando de encontrar trabajo por los suburbios de la ciudad. En una oportunidad caminamos tanto que nos moríamos de hambre y de sed y lo peor de todo es que no teníamos plata, estabamos desesperados y sin darnos cuenta nos encontramos con un gran árbol de mango (en los meses de diciembre, enero y febrero, en Australia es época de mango), nos paramos frente a él y me dijo “chato si estuviera en el Perú, hace rato estuviera trepado cogiéndome un mango” y sin dudar le dije “chato, el hambre es igual acá o en el Perú así que trépate y coge lo más que puedas”. Increíblemente, ese día los mangos nos salvaron del hambre.

Nosotros tenemos unas reglas y una de ellas es que después de las 6 de la tarde, si Miguel no está en la casa, tiene que llamarme a decirme dónde está para asegurarme que no se ha perdido. Sus hermanas le envían mensualmente una suma de dinero, la cual siempre le digo que la sepa administrar, pero él hace todo lo contrario.

Lo que no puedo creer es que sin saber hablar inglés se haya hecho tan famoso en los juegos de pinball. Es el gran maestro del teken, un juego japonés muy popular en Australia, y él es simplemente el dios de ese juego, el imbatible de la Queen Avenue. Si sus hermanas supieran que su hermano se ha estado gastando su plata en esos juegos…

También es muy conocido entre los coreanos porque sorprendentemente tiene una facilidad increíble para aprenderse frases en ese idioma, como por ejemplo “eres muy bonita” o “eres la mujer de mi vida”. Lo más gracioso es que en todo este tiempo habla más coreano que inglés.

La casa la compartimos con unos hindúes, alemanes y coreanos, y él es el que le da vida a la casa, el que pone las pilas para tomar un trago, bailar o ver películas que al final nunca terminamos porque Miguel siempre está preguntando qué significa tal palabra. En una oportunidad, Miguel se puso a tomar con un alemán y era muy gracioso escuchar que trataba de explicarle qué significaba chorlo, ya que Miguel le ha puesto de chapa “cabeza de chorlito”.

El que cocina en la casa es Miguel, y los coreanos se quedan sorprendidos de la manera en que prepara el arroz, ya que siempre le pone una bolsa de plástico a la olla y los coreanos le dicen que se va derretir o que no es bueno que use bolsa porque es para la basura, pero Miguel en su inglés masticado les dice “black para basura, white para comida”.

El apodo de Miguel en la casa es “Baby” por ser el menor de todos. Vino sin saber lo que le esperaba pero en los malos momentos siempre tiene una buena sonrisa. Ni él mismo cree que está Australia. Sorprendentemente, hace unas semanas consiguió trabajo en un colegio limpiando salones. Es cierto, no habla inglés, pero tiene esa gran sonrisa que soluciona todo.

Héctor Uriol, Australia

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