A CATALINA, CON AMOR (III PARTE)

 

 

  Por: Fredy Gambetta  
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Padre del año del 2008 de 
"Perú Magia y Encanto" 

Catalina está feliz, Catalina es famosa. Los niños se acercan,  la acarician. Tiene varios amigos que la esperan. En la cuadra once, de San Martín, a su paso provoca tremendo alboroto. Ya le he contado  que Matías murió por un balazo disparado por un Padre de la Patria, es decir por un Congresista, fiel exponente de los niveles a los que se ha rebajado la representación nacional, tan venida a menos. Para tomar una decisión, sobre el castigo que le impusieron, al mataperro, los señores Padres de la Patria discutieron, varias horas, mientras quedaban relegados tantísimos proyectos vitales para el desarrollo nacional. Modernas discusiones bizantinas que, al inicio del siglo XXI, nos recuerdan aquellas en las que los Príncipes de la Iglesia se convocaban, en Concilio, para discutir si Cristo reía o no reía. Y en qué circunstancias.

Le digo a Catalina que aun no podemos cruzar a la acera de enfrente. Me olvidaba que en el inmueble 304, de la calle Arias y Araguez, nació el ilustre tacneño doctor José Jiménez Borja, en 1902. Hoy, en ese sitio se ha levantado, con gran gusto de sus dueños, LA POSADA DEL CACIQUE. Sus propietarios, que no son tacneños, han tenido mucho gusto, más que muchos tacneños, de emplear nuestra noble piedra de cantería en el frontis y de darle, al inmueble, un aire del siglo XIX, de acuerdo con el casco antiguo de la ciudad. Si las gentes que en el mundo han sido tuvieran la posibilidad, que no lo sabemos, de ver las cosas buenas de este valle de lágrimas, estoy seguro que el doctor Jiménez Borja estaría feliz de que a ese hostal le hayan puesto tan peculiar nombre puesto que él tenía a orgullo, no como muchos que niegan sus orígenes, descender del cacique de Tacna, José Rosa Ara. Sin embargo, no existe una placa que recuerde que allí nació nuestro amigo.

Recuerdo, joven veinteañero, haber visitado al doctor Jiménez Borja en su casa de la calle Arias y Araguez. Alguna vez, al fondo de un pasadizo vi sentada, en una silla de asiento y espaldar de mimbre, a una menudita anciana, discretísima como eran las antiguas señoritas tacneñas. Esa anciana, de dulce semblante, era la tía Isabel que crió a los hermanos Jiménez Borja.

También recuerdo que, junto a la peluquería del japonés Saga Mori, estaba el bar o despacho LOCUMBA. Yo era niño curioso y lector. Por ello me llamaba la atención un señor alto, con bigote, que era seguramente el propietario de ese establecimiento y que, en mi imaginación infantil, lo asociaba con Stalin, el ogro soviético. Nada  más que por la pinta, aclaro. Nunca conversé con aquel caballero que tal vez sería más bueno que el pan.

No puedo cruzar la calle San Martín sin hacer mención al Técnico en Enfermería Adalberto Béjar, un cuzqueño que, como el peluquero Justo Lobón, se afincó en Tacna. Después de Lelo Rejas, el más popular, colocando inyecciones, era Adalberto Béjar. Hombre menudito, enamorado de las damas de la noche, bohemio algún tiempo y árbitro de box. Béjar, antes de partir de Tacna, a la que quiso con alma, corazón y vida, me buscó para obsequiarme – cosa qué pocos hacen – un ejemplar de YO TIRANO...YO LADRÓN, opúsculo escrito por el ex presidente Augusto B. Leguía, cuando cumplía carcelería, para levantar los cargos que le hacían sus enemigos políticos. Ese texto es único y hoy casi inhallable. Es el mejor recuerdo que me dejó aquel amigo cuzqueño.

Por fin, con Catalina, cruzamos la calle. Y entramos al Callejón del 65, como le decían los viejos tacneños y nosotros en nuestra niñez. Hoy se le llama Pasaje Libertad. A la izquierda se levantaba una inmensa casona, señorial. En ella se había alojado el General Ramón Castilla y hasta ella fueron los tacneños para pedirle que encabezara su lucha en defensa de la constitución, como efectivamente lo hizo, no parando sino en el Palacio de Gobierno. En Lima, al ir a la iglesia a dar las gracias a Dios, por la exitosa campaña, Castilla nombra a la Virgen del Rosario, Patrona de Tacna, Mariscala de la Ley. En el primer piso de la casona, dando frente a San Martín, estaba la tienda del señor Berríos. El sastre Gonzáles tenía su sastrería pasaje por medio. Creo que él me confeccionó mis primeros pantalones largos, al llegar a la “edad de la razón” o sea a los siete años. Antes de esa edad los niños solamente usábamos  pantalones cortos.

En el “Callejón del 65”, llamado así porque en él murieron dos tacneños, en 1865, en un alzamiento en defensa de la Constitución, lo que dice mucho del blasón democrático de nuestra Heroica Ciudad, sin duda el personaje más relevante, era don Víctor Salas Silva, que tenia allí las oficinas de “La pirámide”, que vendía toda clase de materiales finos para la construcción.

A don Víctor Salas Silva, un caballero de mediana estatura, de finos modales, hombre discreto, sencillo, los tacneños lo conocían como “el arquitecto Salas”. El no tenía el título universitario de arquitecto o de ingeniero civil pero era mucho más que ello. Había estudiado en la universidad de la vida, y en la práctica diaria, construyendo casas y edificios que los tacneños le confiaban a base de su seriedad y buen gusto.

Entre otras muchas construcciones, don Víctor Salas Silva construyó el edificio del Cine Colón, ubicado en la Plaza de Armas, esquina con la calle Unanue. Otras obras suyas son la Escuela Pre Vocacional de Mujeres 996, “María Ugarteche de Mac Lean” y el edificio, entonces un lujo para Tacna, que era propiedad del magnate arequipeño Pedro P. Díaz, ubicado también en la Plaza de Armas. Don Víctor Salas Silva dejaba su placa, al terminar la obra, en un lugar discreto. La única que se conserva es la que aun podemos verla en la hoy Institución Educativa “María Ugarte de Mac Lean”, en la calle Zela. Creo que recordar la memoria del   “arquitecto” Salas era un deber.

En la segunda cuadra del “Callejón del 65” o Pasaje Libertad – que en realidad solamente tiene dos – estaba la carpintería de un señor Sibonna. Era un descendiente de italianos que tenía fama de preparar el gato como nadie. Fue el terror de los felinos. Sibonna un hombre grande, bueno, tuvo una muerte inmerecida en situaciones nunca bien aclaradas. Quiero decir que fue  asesinado.

Catalina todo lo husmea, todo lo huele. Mis paseos con ella tienen la virtud de refrescarme la memoria y de mantener activas mis neuronas. Vale.