
Cuando era chibolo se tomó 20 cocacolas para demostrarles a sus primos que podía, y sobrevivió. También se metió un borrador a la nariz y tuvo que sacárselo un doctor. Fue a un colegio de curas gringos y, a la primera que uno de ellos se atrevió a pegarle con la regla, él le contestó con otro reglazo que le costó el despido (por fin lo consiguió) y el pobre fue a parar a un internado en Chosica donde hizo a sus mejores amigos, unos que le duran para toda la vida y con los que hasta ahora se junta, a pesar de que todavía le queda la angustia de los domingos por la tarde,cuando tenía que decirle chau a sus amigos y hermanos y subirse a un tren para dormir en su frío colegio. Desde entonces, los domingos a las 6 de la tarde, entra en una especie de crisis que él disimula mirando televisión hasta quedarse dormido.
A sus sesentaitantos años tiene un montón
de canas pero también un montón de pelo. Cuando éramos chicos
fumaba tanto que cuando había que dibujar a la familia en el
colegio, lo dibujábamos fumando. Hasta que un día, el pobre,
hizo la promesa de no fumar como quien hace un sacrificio
religioso, a cambio de que yo ingresara a la universidad y yo
(...adivinaron) no ingresé a la primera y el pobre igual no
volvió a fumar y hace no muchos años me confesó que hasta ahora
le provoca un cigarrito de vez en cuando, pero se aguanta.
Mi papá no tiene miedo a nada físico, puede pelearse con
cualquiera, puede correr olas de dos metros en su kayac, puede
caminar de noche por cualquier lugar, pero también es muy
vulnerable si uno lo critica o si le hace un desplante o si se
siente solo. Puede ponerse muy nervioso por nada, puede llorar
por ver sufrir a un animal y es tierno con sus nietos. Desde muy
niños nos enseñó a quitarle las rueditas a las bicicletas, o
mejor, a no ponérselas nunca. Nos lanzaba por el jardín, de
bajada, de un empujón, cuando los pies con las justas nos
llegaban al pedal y, si nos caíamos, nos volvía a lanzar. Nos
agarraba de la mano en las olas más grandes y se hundía con
nosotros, una y otra vez, hasta que perdiéramos el miedo al mar.
El polo más paja que he tenido en mi vida me lo trajo él de
Ecuador en los años setentas, un polo de lycra pegadito con la
foto de los Bee Gees, un éxito.
Los domingos cocinaba como todo un chef y se quejaba un poco con
nosotros porque, después de la tremenda resaca del sábado por la
noche (la nuestra, claro), no nos animábamos a acompañarlo con
unas chelas. Qué aburridos son, nos decía. Hasta que hace poco
dejó de tomar y desde entonces está más flaco y más guapo y con
más físico para las olas pero, claro, le provoca harto volver a
tomarse una chela mientras ve jugar a la U, pero se aguanta,
bien macho.
No es de los típicos cariñosos, nada de emociones navideñas ni
de cursilerías, pero si le pides algo va a mover el cielo y la
tierra para apoyarte. Tampoco ha sido un padre celoso –algo que
yo no hubiera soportado– pero si le traíamos un novio nuevo se
aseguraba de que tuviera los cojones bien puestos, nada más.
Puede ser tremendamente regañón pero es una de las personas más
justas que conozco. No atraca con ironías ni con frases de doble
sentido ni con sutilezas. Las cosas claras o nada. En una época,
hace varias décadas, fue director del Instituto Peruano de
Seguridad Social y sé que no lo hizo por dinero porque sus
honorarios eran tan pero tan ridículos, que enmarcaba los
cheques sin cobrarlos y los colgaba de la pared. Lo hizo porque
quería un sistema más justo para los pensionistas y por eso
mismo peleó, contra viento y marea, contra esa burocracia
alucinante que hace veinte o treinta años lo era aun más.
Cuando veo con qué cariño trata al carro de segunda que se acaba
de comprar, pienso en cómo le habrá dolido y angustiado que yo,
a los veintitantos años, me llevara su auto para salir de noche
y, de lo más joya, no volviera hasta el día siguiente, en una
época en que no existían los celulares. Pero nunca me dijo
nada... caballero, recontra caballero.
Feliz día, Papá.