A CATALINA, CON AMOR ( VI PARTE)

POR:
FREDY GAMBETTA
www.perumagiayencanto.com
Tacna, Perú, 28 de junio del 2008
Catalina es joven, cada vez está más linda. Su abrigo de pieles la protege del frío inclemente que se mete por los poros, hasta el tuétano, como gustaban decir los mayores, en mi infancia. Tacna, le digo a ella, tuvo siempre las estaciones muy bien marcadas. No se de que se alarman algunos que dicen ser muy tacneños. Aquí, en invierno hace frío y en verano, calor. Qué aburrido, Catalina, debe ser vivir en una ciudad donde siempre haga calor o siempre haga frío. Por eso no me seducen esas comarcas donde se enorgullecen de que hay sol todo el año o viven en una eterna primavera.
Sabes Catalina, ahora que paseamos por la avenida Bolognesi te enseñaré la casa donde vivió, en su segunda estadía en Tacna, la familia Allende Gossens. Está ubicada frente al Hotel Tacna. Hasta hace poco allí estaban una agencia de viajes y una tienda de artefactos eléctricos, de propiedad del italiano Carlin de Ferrari. Hoy está cerrada.
Te contaré algo, le digo. Este 26 de junio, del año 2008 del Señor, que escribo la crónica, se recuerda el centenario del nacimiento del ex presidente de Chile, Salvador Allende Gossens que, jovencito, de apenas 17 años, vivió en esa casa cuando llegó a Tacna para servir como cabo en el regimiento Lanceros. Aquello sucedió en noviembre de 1925. En plena época del frustrado plebiscito. Su biógrafo, Eduardo Labarca, dice que el joven Allende regresó porque le tenía un inmenso cariño a esta ciudad y para que lo vean con uniforme militar no solamente sus padres sino su nana, Mama Rosa, que lo engreía como nadie. También vino buscando a un amor de la infancia, su primer amor, aquel inocente amor que todos hemos tenido, antes de cumplir los diez años, Blanquita Barreto, hija del escritor José María y sobrina de Federico, nuestro poeta. En el corazón no mandan las nacionalidades, ni los patriotismos.
En 1910, en su primera estadía en Tacna, a la familia Allende Gossens se le murió una hija, Laurita, de muy corta edad. A ella, el poeta Federico Barreto, amigo de Salvador Allende Castro, Ministro de la Corte de Justicia, le dedicó un hermoso soneto, CORONA DE ROSAS, que lo publicó el diario chileno EL PACÍFICO, en su edición del 20 de agosto. Salvador tenía apenas dos años. Algunos años más tarde, muy pocos en realidad, lo encontramos en el liceo de la ciudad, junto a compañeritos peruanos y chilenos. Ese grupo genial fue al que se le ocurrió aquello de que Tacna y Arica no debían ser peruanas ni chilenas, sino un principado. Yo Catalina, desde el fondo de mi alma, y a estas alturas de mi vida, más allá del bien y del mal, te confieso que con gusto hubiera suscrito aquella sabia propuesta. Nos hubiera ahorrado tantos males y padecimientos a las dos ciudades hermanas que finalmente fueron, inmisericordiosamente, separadas.
Catalina te cuento con alegría todos estos datos sobre Salvador Allende, el ex presidente de Chile, al que desde su infancia vivida, a orillas del Caplina, llamaban “Chicho”. Con alegría porque tengo un amigo, el escritor chileno Eduardo Labarca, que radica en Austria, y que ha publicado, en octubre del año pasado, el libro SALVADOR ALLENDE – BIOGRAFÍA SENTIMENTAL. Es una obra de 426 páginas a la que he tenido el placer de contribuir con datos que el autor, un intelectual y escritor honradísimo, ha sabido reconocer no solamente en el agradecimiento sino también citando pasajes de mi novela histórica EL ARDIENTE SILENCIO, en la que narro episodios en los que participó Salvador Allende, padre, liderando a las turbas para empastelar los diarios LA VOZ DEL SUR y EL TACORA, en 1911.
En ese libro, el autor muestra la intensa vida sentimental de Allende, un eterno seductor, un enamorado de las mujeres y de la política, persistente con las unas y la otra. No en vano ambas pertenecen al mismo género..
Catalina, te hago otra confesión: qué bien me siento al haber contribuido, -usaré la frase común-, con un granito de arena, a que se conozca una etapa de la vida de Allende que era totalmente desconocida para la mayoría de seguidores del gran político americano al que siempre he admirado porque fue un hombre enamorado, un político sagaz, sobrepasado por la ultra, que no perdona, que quiere arrasar con todo aunque en ese todo al final se quemen ellos mismos.
Lo más importante, lo más rescatable en Allende es que fue un hombre que marchó a la tumba defendiendo sus ideales, su propuesta, que no se corrió, pudiéndolo haber hecho, que se fajó hasta el final, mientras los otros, los que esperaban su caída y los que la precipitaron, veían como se destrozaba la obra de ese gran líder. Allende pasó a la inmortalidad pidiendo tranquilidad a su pueblo, alejarse de la inútil inmolación.
Algo más notable, Catalina te lo digo, es que como pocos revolucionarios, Salvador Allende, viajó a la inmortalidad con las manos limpias, jamás manchadas con sangre.
Como el lo quiso, en su centenario, su nombre vuela, victorioso, por las grandes alamedas en las que marcha el hombre libre.