LAS
MUJERES AYOREAS:
(Santa Cruz de la Sierra- Bolivia)
Daniela de la
Fuente
Fuente: www.eldeber.com.bo/anteriores/20031111/sociales.html
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La modelo participó en el ‘Cuñataí’. El espectáculo
fué el 6 de diciembre en el complejo Las Lagunas
Daniela
de la Fuente Sánchez es la modelo que hoy ilustra nuestra portada. Ella tiene 17
años, recientemente salió bachiller y le gustaría seguir los estudios de
Relaciones Internacionales en la Udabol. Pertenece a los registros de la agencia
de modelos Unique.
El traje que luce Daniela representa a la cultura ayorea. Formó parte del
espectáculo Cuñataí, Santa Cruz la hermosa, que organiza la agrupación Arete Ija
y que se llevó a cabo el 6 de diciembre en el complejo turístico Las Lagunas, en
la provincia Warnes.
El traje fue confeccionado por Montserrat Masanés y lleva tejidos y accesorios
que usan las mujeres de esta cultura que habitan tierras de Santa Cruz.
“Con este traje queremos dar a conocer parte de las artesanías que elaboran las
mujeres ayoreas, quienes son diestras y talentosas en la elaboración de tejidos,
los cuales son reconocidos por su belleza y utilidad”, comentó Montserrat
Masanés.
Complementa el vestuario una serie de plumas en la cabeza y la falda. También
flecos de semillas y tacuaras adornan el traje.
LAS
MUJERES AYOREAS:
(Santa Cruz de la Sierra- Bolivia)
Fuente:
"Rodrigo Mires" <agarti33@hotmail.com>
Autor: Willy Guevara
En algún momento
del siglo XVI, en el oriente boliviano, se conocieron las primeras noticias
de los ayoreos, que cronistas y viajeros llamaron de diversas maneras,
sobreviviendo hasta el presente su autodenominació n original.
Las primeras
referencias específicas se relacionaron con sus mujeres. Uno de los primeros
catequizadores narró la muerte de un conquistador porque había faltado el
respeto a una ayorea.
Con ese acto en
realidad habían castigado la ausencia de reconocimiento de la posición de
prestigio que la mujer tuvo y sigue teniendo dentro de la sociedad ayorea.
Un siglo más tarde,
la siguiente referencia vuelve a tener connotación femenina. Los
catequizadores las calificaron de libertinas, porque culturalmente tomaban
la iniciativa sexual.
Las mujeres
indígenas de otras naciones aceptaban los regalos hispanos pero las ayoreas
los despreciaban, prefiriendo que el hombre ayoreo les ofreciera presentes
de caza o recolección cuya obtención les hubiera significado alguna
dificultad.
Las autoridades
coloniales definieron a esa relación entre géneros como un trastoque
demoníaco de roles, considerando a los varones, a pesar de su prestancia
guerrera ante las incursiones conquistadoras, como pasivos y dominados por
sus mujeres.
Los ayoreos fueron
hasta 1960, absolutamente nómades, y según su lógica de recolectores y
cazadores, consideraban innecesario producir y acumular bienes, percibiendo
a la naturaleza como despensa de recursos abundantes, y el concepto de
saber vivir bien consistía en conocer cuándo, dónde y cómo hallarlos.
Los ayoreos fueron
considerados traidores a la patria cuando rechazon enrolarse en la guerra
contra el Paraguay.
Les atribuyeron asaltos y fueron
perseguidos y sus mujeres raptadas y especialmente violadas por su fama de
iniciadoras sexuales.
La decisión de
negociar con los dominadores fue femenina: muchas estuvieron prisioneras en
las haciendas y una de ellas asumió la iniciativa de pacificar las
relaciones entre conquistadores e indígenas.
Dos mecanismos
tuvieron las cautivas para no perder su identidad: soñar y cantar. Evocar a
sus ancestros y musicalizar las características bondadosas de sus seres
queridos fueron manifestaciones simbólicas que desomatizaron sus
padecimientos.
Femeninas fueron
también las iniciativas de conciliación con las misiones católicas,
aprovechando que en muchos establecimientos vivían numerosas monjas.
Pero cuando se
trató de negociar con autoridades masculinas, las ayoreas adoptaron tonos y
maneras varoniles, haciendo entender que ellas tenían la primacía dentro de
su sociedad, y podían ser iguales a los hombres conquistadores.
Algunas misiones
les dieron cabida y protección, pero las enfermedades terribles que les
ocasionó el contacto hicieron que los ayoreos volvieran al monte a
proseguir su inveterado nomadismo recolector.
A mediados de los
años 50 empezaron a migrar hacia las ciudades, llegando hasta los
alrededores de la Estación Brasileira, en los exteriores de Santa Cruz de la
Sierra.
La condición
cultural de las ayoreas les impidió asimilarse al servicio doméstico de las
ciudades como alternativa para adquirir recursos de subsistencia.
Optaron entonces
por caminar por la ciudad, recolectando y pidiendo, hasta que devinieron en
limosneras, incursionando paulatinamente en la mendicidad como forma de
vida.
Sin embargo,
algunas ayoreas se profesionalizaron en actividades relacionadas con los
servicios de salud, y María Paz, su líder más connotada, llegó a ser la
única mujer que ocupó cargo importante en las organizaciones nacionales
indígenas de Bolivia.
Los hombres se
alejaban de Santa Cruz temporalmente, buscándose el sustento como
carpinteros, cargadores, cosechadores y otros oficios menores. Las ayoreas
viajaban hasta donde estaban trabajando, y con el poder conferido a su
género, reclamaban al patrón los salarios o solicitaban adelantos.
Pero las ayoreas
no supieron nunca manejar dinero, y no funcionaron ni como empleadas ni
comerciantes, pese a los intentos y fracasos emprendidos repetidamente en
ese sentido.
La primera ayorea
prostituta aparece a finales de los 60, cuando toma la iniciativa sexual
desinteresada frente a un mestizo, y obtiene dinero a cambio que le permite
comprar comida. El formato se socializó en otras sin imaginar que
ingresaban a un negocio peligroso.
En su esquema
subjetivo tomar la iniciativa sexual con extraños no tuvo que ver con
transacción comercial alguna. Que fueran recompensadas monetariamente, ubicó
al dinero en el mismo plano de valor de otros recursos recolectables que
permiten alimentar, compartir y redistribuir familiarmente.
La prostitución
urbana, en una de sus formas más lumpenizadas, las engulló de un modo que
ellas no percibieron ni desearon. Ironía cruel y trampa trágica para las
ayoreas.
Posteriormente
muchas aparecieron en las crónicas policiales. Algunas fueron asesinadas, y
otras ingresaron al alcohol y las drogas.
No
son pocas las portadoras de ITS y SIDA. Su inmemorial autonomía en el
manejo de sus cuerpos fue agredida por contextos perversos y extraños.
Su axiología
sexual fue rebalsada totalmente por la sub-cultura occidental prostitutaria
de violencia, dinero, drogas, alcohol y enfermedad.
Los hombres tienen
más facilidades de insertarse en la sociedad nacional, diluyéndose
fácilmente en el mestizaje.Ellas sufren los designios de una organización
social marcada por su dominio.
Inútiles para
integrarse, incapaces de gestar relaciones y solucionar problemas,
deambulan, en una sociedad inepta para admitir y ubicar a mentalidades
radicalmente diferenciales.
La única solución
posible sería la aculturación total, a la manera de algunas mujeres
aguarunas, que se inmunizan contra el suicidio extirpándose radicalmente su
cultura, en una suerte de eutanasia antropológica.
Para las ayoreas ninguna
ruta de salida es factible, porque su sentido de identidad es
absolutamente profundo e incontrastable, y repitiendo lo de siglos pasados, todavía
continúan soñando con sus familias, y cantando las virtudes de sus seres
queridos.
Las ayoreas, estructuralmente
recolectoras y sexualmente libres, para supervivir y articularse a la vida
urbana de Santa Cruz de la Sierra, tuvieron que institucionalizar "invertidamente"
la mendicidad y la prostitución.
¿Qué puede ser más
cruel que descubrir que lo natural es un producto y la libertad es un yugo?
¿Qué puede ser más triste que descubrir que la ontogenia con la que se nació
a la vida es un obstáculo para existir?...
Rodrigo Mires