DOS BREVES HISTORIAS DE ORATES

"DOS NIñOS POBRES" Y "LA NAVE DEL OLVIDO"

 

 POR: FREDY GAMBETTA

En uno de sus viajes a Tacna la señora Maria Delgado de Odrìa, esposa del General Manuel A. Odrìa, se llevó de Tacna hacia Lima a varios niños pobres. Entre ellos a dos hermanitos huérfanos. Uno de ellos se dice que vive en Venezuela y es un profesional de prestigio. El otro en Lima se escapaba del puericultorio, donde estaba internado, se dedicó a la bebida y, finalmente, perdió la razón.

Hará unos veinte o más años que el orate de marras regresò a Tacna y no tuvo mejor idea que instalarse a vivir, debajo de unos cartones, en la Plaza Mac Lean o Plaza del Teatro. O sea que se convirtió en mi vecino. Tenía un aspecto diabólico y daba estridentes gritos sobre todo cuando estaba bajo la influencia del alcohol “salta para atrás”, que consumía, y de la coca que mascaba.

A mí me tenía simpatía. Tanta que, seguramente por cachita, me decía “colorao”. Yo le pasaba algún sencillo para que, por lo menos, mejorara el mísero alcohol que bebía. Recuerdo que una  noche la pasó gritando y eso que estaba su “residencia” frente a la sede de la Región de la Policía Nacional del Perú.

Al otro día temprano, a las cinco, al salir al iniciar  mis diarias caminatas, le llamé la atención fuertemente. El, con toda flema, me dijo: “ colorao, utè se enoja por cojudas razones”. Desde aquel amanecer la frase me ha hecho siempre muchísima gracia. Y me calma los impulsos y me contiene las rabias, que no faltan que a uno se las provoquen esos que hablan sandeces por las radios a sabiendas que uno no los escuchará pero que se llegan a saber porque siempre hay gente que les gusta comunicarlas. U otras veces, ante esos serios funcionarios o profesionales que no se dan cuenta que no es requisito indispensable ir a la universidad para ser mediocre, como decía el buen Adolph, me acuerdo de ese loco, con pinta de Barrabás, que me dijo que no debía amargarme “por cojudas razones”. Y no me amargo, firme compadrito, no me amargo.

Aquel simpático orate, mi vecino, se cambió de residencia. Se fue lejos, al cerro Intiorko. Parece que una vez se durmió después de una infernal borrachera y le cayeron encima varias toneladas de basura. De verdad, lo extraño.

Otro que anda por las calles es un gordito, de mediana estatura, de cabello corto. A veces anda rapado totalmente y otras con una mata de pelo o una especie de corona por la coronilla, precisamente. En los dedos de las manos luce varias sortijas baratas. Algunas de ellas se las van a tener que quitárselas amputándole los dedos, sobre todo el medio y el cordial de la mano derecha. Realmente debe dolerle mantener esas joyas baratas que parecen  ser su lujo.

Este loquillo da gritos a la usanza de Tarzàn. Cuando me encuentro con él le paso una china, como dicen los chicos, para que lance el grito famoso que yo escuchara a Lex Barker, en mi infancia, en las matinès del cine Colòn. Este Tarzàn, sin Chita, ni Jane se pasea por las calles e Tacna, da grandes risotadas y es un orador permanente. A veces, cuando se cansa de hablar la bella lengua de Cervantes pues le entra a un inglés inventado por él mismo.

Cambia de ropa y de zapatos. Se pinta las uñas y parece un gordo rosquetòn cuando quiere, disforzado y todo, pero siempre alegre. Es decir un gay maduro. Un loco o una loca, cuando  se le cambia la dirección de las hormonas que maneja a discreción provocando la risa general de los viandantes.

Algunas gentes me han dicho que no es tan loco. Otros afirman que se hace el loco y que ha sido profesor. No lo sé. Tampoco se si será o no tacneño. En todo caso es un loco urbano, que tiene vigencia, en las calles de Tacna hace no más de cinco años.

Como sabe que siempre le daré una moneda me llama “papá”. Cosa  que me hace gracia pues es respetuoso y no se enfada cuando no tengo algo que darle. Los otros días me encontré con él y me preguntó muy serio si yo sabía qué era “la nave del olvido”. Cómo no lo iba a saber si era una de mis canciones preferidas, allá en mis años universitarios.  Esa hermosa canción, que no me acuerdo quien la cantaba, tiene una letra muy poética  “espera, aun la nave del olvido no ha partido, no condenemos al pasado lo vivido, por nuestro ayer, por nuestro amor, yo te lo pido, espera, no encontraría un mañana si te fueras…..” etcétera y más etcétera.

Pero de eso no se trataba. Mi pata el loco no se refería a esa canción bella y romántica. Me dijo. “ Papá, la nave del olvido es cuando tú entras a una cantina, te tomas unas chelas y te borras sin pagar. Esa es la nave del olvido”.

Yo sigo buscando la relación. Creo por ahí relacionar algo la huida con el olvido. En todo caso he quemado algunas neuronas descifrando el enigma.

Estas son cosas que me pasan como cuando, por el pasaje Calderón de la Barca, a eso de las diez de la  noche, en invierno, venía en sentido contrario a mí un tipo que parecía haber salido ese mismo día de una prisión de alta seguridad. Dije para mí que me había llegado la hora. El tipo, mucho más alto que yo, en verdad muchos son más altos que yo, me tomó de los hombros y con un tufo increíble a alcohol y a maricucha, de la mala malísima, me dijo:  “ ¡ Gracias por haber nacido¡” y se perdió en la bruma de la noche. Cosas de la vida.