MEMORIAS DEL JOVEN QUE SOY ( III PARTE)

                                                                                        FREDY GAMBETTA
                                                                          Tacna, Perú. 03 de mayo del 2008
                                                                              www.perumagiayencanto.org

Con la partida al oriente eterno de la señorita Gladis Céspedes Quelopana, la penúltima integrante de una familia de la que tuve la suerte de ser vecino, en mis primeros veinte años de mi vida, en la avenida Bolognesi, frente a nuestra querida recova, se acaba lentamente una familia tradicional de nuestra querida ciudad.

Conocí a la madre, doña Irene, una anciana de cabello blanco, recogido en un moño. El esposo murió antes de que yo naciera. Los hermanos, los enumero sin orden, Mafalda, Ethel, Alfonso, Gilma, Carlos, Eliana, Gladis y Lucy. Alfonso vivió muchos años en Bolivia. Carlos falleció, de un infarto al corazón, en la cordillera cuando, como médico legista, integró una caravana que se dirigía a ubicar los restos de un avión correo cubano que cayó, en las alturas de Palca, en los primeros años de la década de los sesenta. A propósito, sobre ese avión, y lo que contenía, se han tejido leyendas. Se decía que llevaba barras de oro para las guerrillas que alentaba Fidel Castro. Las investigaciones se hicieron con suma discreción. No obstante se filtró la noticia de que, antes que nadie, llegaron aviones  desde la base que los gringos tenían, y tienen, en Panamá. Otros dicen que unos pastores, vecinos del lugar, fueron los que, lógicamente, llegaron primero que nadie y que, desde entonces una familia, que no recuerdo como se apellidaba, se adueñó de los dólares y partió del lugar. Alguien debe saber esa historia, en detalle. Si lo sabe le ruego comunicarse conmigo, antes que todos formemos a ser parte del recuerdo y del olvido.

Volviendo a la familia Céspedes escribiré que las hermanas eran todas profesoras. O casi todas. De los varones Carlos, como queda dicho, médico y Alfonso, farmacéutico. Lucy, la menor, fue reina del carnaval, en los cincuentas. A mí, como a muchos, nos gustaba Eliana, a la que llamaban, por apodo, “gata”. Profesora de ciencias y dicen, los que fueron sus alumnos, que  era muy estricta. Era alta, garbosa, con voz de fumadora, como que era una gran fumadora aunque todas las hermanas, fumaran o no, tenían voz gruesa, salvo Gladis.

La familia Céspedes daba la hora en Tacna cambiando de automóvil cada uno o dos años. Preferían los de la marca Chevrolet. Era una novedad ver el nuevo carro que adquirían. El último que les conocí fue uno negro. También eran de las pocas, poquísimas familias que, en el centro de la ciudad, tenían un perro grande, de raza. Los perros grandes se criaban en las chacras. El perro de los Céspedes, que imponía respeto, fue por muchos años uno que llamaban Jack. Debe haber sido por Jack “el destripador”.

Era una familia cristiana, católica. De un acendrado patriotismo. Los 28 de Julio  y 28 de Agosto izaban una gran bandera nacional. Desde que murió Carlos, el médico, y estando Alfonso lejos del hogar, todos llamábamos a sus integrantes “las Céspedes”, simplemente. Conocidas eran por hacer el bien y acoger a varias personas que las servían para mantener y limpiar  tan grande casa. Allí conocí a varias señoras morenas, que aún veo por la calle, y a un negrito muy juguetón y pendenciero, el popular Meño. También, hasta los últimos años, vivió en la casa Rafael, muy serio, sumamente discreto, que debe estar muy triste pues ha sido testigo directo de la desintegración de la familia. De una familia tacneña, muy querida por todos.

Devolviendo la mirada a ese mi barrio de la infancia y la adolescencia encuentro que la mayoría, de quienes lo habitaban, se mudaron a otros barrios o partieron para siempre en el viaje sin retorno.

Empezaba la cuadra la tienda de telas de don Donato Gonzáles; seguía la casa de don Raúl Herrera, cuya bella hija, Norma, fue la reina del carnaval en 1955. Subiendo encontrábamos a la familia Bravo de Rueda Torres, con sus hijos Toño, Beto y Loncho, luego la familia Céspedes. Al costado los Chura Vernal; una casona que ocupaba el SCIPA, del Ministerio de Agricultura; la familia Ghersi; los Villarroel, a cuyos padres, don Pancho y doña Julia, conocí. Vivían en una casita pequeña, acogedora. Yo era muy amigo de una de las hijas, Pilar, un poco mayor, muy cariñosa. Seguía la casa que habitaba don Manuel Gil Angulo, director del Colegio 990, por muchos años, y su esposa Irene; vecina estaba mi casa y al lado la de los Barreda Loza. Don Manuel Barreda era un viejecito que aun mantenía una fragua y un yunque. Trabajó muchos años en el Ferrocarril Tacna Arica. Fue uno de los últimos herreros que tuvo Tacna. La madre, doña Mechita, una viejecita bajita y gorda muy buena, buenísima. Con ellos vivía doña Juanita, una anciana soltera, menudita, que conocí casi centenaria, pero siempre con  la cara bien empolvada. Creo que murió trágicamente.

Subiendo, por esa emblemática cuadra ocho, de la avenida Bolognesi, estaba la casa de los Villanueva. Los padres don Carlos y doña Dula Vizcarra. Ambos constituían una pareja simpática, amable, acogedora. Todos los hijos eran varones, Carlos, Oscar, Willy, Dante y Renzo. Oscar era muy apuesto, deportista y, después de un accidente automovilístico, y de vivir años muy duros, atendido extraordinariamente por su esposa, la médica Rosa Cahua, falleció trágicamente. Realmente una vida signada por el infortunio.

Al costado la única puerta “falsa” de una casa que tenía la fachada hacia la calle Bolívar. Esa casa era todo un misterio para nosotros. Decían que era propiedad del doctor Julio Valencia Valderrama, un abogado bonachón, enamoradísimo, que murió en su ley. Quiero decir que fue conducido por los dulces brazos de Eros hacia las Parcas que, como sabemos, son las hermanas que tejen nuestra muerte. Vecino se ubicaba el despacho de un señor Palomino, donde conocí a Cámac, un indio aymara que es un personaje de mi infancia al que he descrito en otras crónicas. Seguía en la vecindad la familia Santa María Maldonado, con el primer y más querido amigo que tuve, Pepe, y sus hermanos Dora y Hugo. De su tía viejecita y renegona, siempre vestida de negro, mejor no me acuerdo. Qué descanse en paz.

Al final de la cuadra el despacho de mi padrino, el italiano Francisco Basili, cerraba con broche de oro  esa vecindad que el tiempo no borra de mi memoria.

2008-05-02  arunta07@hotmail.com